Fotografía de calle, photojournalism, y la veracidad y manipulación de la fotografía como documento

En otras oportunidades he criticado la posibilidad de que la asociación unívoca de la fotografía con la edición de la misma en programas informáticos que ha traído el mundo digital podría quitar legitimidad a la fotografía como un documento irrefutable. Ya hemos dicho que en los tiempos en que no existía otro medio que no fuese el film, la veracidad de la imagen era prácticamente irrefutable. Incluso lo vemos hoy, y esto se mantiene todavía vigente, para las fotografías creadas antes de la era digital. Si bien se puede dudar a veces de alguna imagen específica, en general se acepta que las fotorafías previas a la década del ‘90 carecen de retoques que alteren el contenido icónico e indicial de la misma. Gracias a Peirce y a otros autores que se dedicaron específicamente a las características de la fotografía analógica, como Bourdieu y Schaeffer, sabemos que toda imagen tiene es icónica, porque hace referencia a un objeto, e indicial dado que es índice indicador de que lo representado en ella no pudo no haber sucedido. Al contrario que un cuadro, lo representado en la fotografía analógico no pudo no haber estado allí. De la misma manera, el fotógrafo también.

La introducción del retoque digital de imágenes, que permite a cualquiera con una cámara digital y una computadora adecuada portátil editar las fotografías, también impuso un problema serio de credibilidad de la imagen. El problema sobre todo se nota cuando consideramos que la imagen y la fotografía es parte cotidiana del paisaje. Nadie piensa en el momento de mirar una imagen en su veracidad o en defectos que evidencien que podría tratarse de una falsificación. La construcción histórico social de la imagen nos dió ciertos parámetros de consideración de la imagen que juegan en el momento de mirarla. Por ejemplo, sabemos que la fotografía de moda es pensada de antemano, por ende no la miramos por su veracidad sino por su estética. Ahora, cuando miramos una fotografía en un diario o en un documental, miramos la imagen de antemano suponiendo que lo que muestra es real, y no observamos su estética sino su reproducción presupuestamente fidedigna de lo ocurrido. Damos fe de que lo representado en la imagen es real. La masividad de los medios de comunicación contribuyó a esto. No se si algún lector recuerda la película Wag the dog, de 1997, con Robert de Niro, Dustin Hoffman, Anne Heche, Denis Leary, Woody Harrelson y otros, en la cual Robert de Niro interpreta a Conrad Bean, un experto en movimientos políticos que es llamado para sacar al presidente de un problema mediático: dos semanas antes de las elecciones, el presidente es acusado de haber intentado tener sexo con una niña de un grupo de exploradoras que estaban haciendo una visita a la Casa Blanca, y Robert de Niro tiene que crear una distracción. Asociándose con un productor de Hollywood (Dustin Hoffman) deciden crear una guerra ficticia. La película, además de no tener desperdicio alguno, presenta -ya en 1997- la poca credibilidad de los medios. En una parte, hay un diálogo excelente entre Hoffman y de Niro, donde de Niro está mirando la televisión y ve como el equipo de asesores del rival del presidente en las elecciones presenta evidencia de que no existe tal guerra. Entonces de Niro mira a Hoffman y le dice ‘-Se terminó la guerra’. Hoffman responde ‘-No no no… no puede ser’. Y de Niro contesta ‘-La guerra se terminó, lo estoy viendo en la televisión!’. Entonces crean un héroe de guerra, un soldado que quedó detrás de la líneas enemigas y hayq ue rescatar, el sargento William Shoe. Por supuesto, nada es real… pero está en la televisión, por ende está sucediendo, no importa el resto.

Ya en 1997, la credibilidad de los medios es en esta película puesta en dudas, de manera extremadamente clara, ya que muestra cómo se construye la mentira. Bien. Traslademos esto a medios más cotidianos, donde cualquier usuario un poco avezado de Photoshop u otro programa de edición puede editar la imagen para crear lo que necesita, y no necesariamente usarlo para mejorar la imagen dejando el sentido icónico e indicial intacto. Este problema se vuelve especialmente importante además en tiempos donde conviven esta desconfianza de la imagen junto con la media reporter de hechos históricos como guerras.

En una enciclopedia que poseo sobre historia de la aviación, hay una fotografía de Adolf Hitler observando el blitzkrieg del primer día de la invasión a Polonia en 1939, día en el que se arrojaron sobre Varsovia 10.000 toneladas de explosivos desde bombarderos Junkers Ju-88 y Dornier Do-17. La veracidad de la imagen siempre para mí fue indiscutible. A pesar de no tener la calidad óptica a la que estamos acostumbrados hoy en día, la imagen no posee detalles que hagan creer en la existencia de un montaje. Pero ésto lo sé observándola hoy, donde miro esos detalles. Cuando la ví por primera vez, no dudé ni un instante de su veracidad y legitimidad como documento histórico. Pero no se puede decir lo mismo de las imágenes de hoy en la media, ni del uso legítimo de la misma. Durante la segunda guerra mundial, el uso de imágenes era primordialmente para mostrar la realidad y el horror de la guerra. Si bien, claro, existía la guerra psicológica que hacía uso de la manipulación del epígrafe y a veces de la imagen, se sabía que existía otra verdad. Hoy, la media es la que lleva la verdad. Como dijo de Niro, “-La guerra terminó, lo estoy viendo en la televisión”.

El problema es pensar hacia dónde vamos, sabiendo de donde venimos…

Para ver más detalles de ésto, véase El incidente de la ambulancia de la Cruz Roja (inglés), el engaño en Reuters (castellano, con fuente en inglés).


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